Êzidî: Refugiados yazidíes del Kurdistán turco

Este proyecto recoge el día a día durante dos meses en los campos de personas refugiadas yazidíes de Diyarbakir y Batman (Kurdistán turco) durante el verano de 2016. Alrededor de 20.000 mujeres y hombres yazidíes viven en campos turcos desde agosto del 2014, fecha en la que el Estado Islámico invadió sus pueblos en la región de Sinyar (Kurdistán iraquí).

El 3 de agosto de 2014, los pueblos yazidíes de la región kurda de Sinyar fueron invadidos y masacrados por el Estado Islámico (ISIS). Miles de personas fueron asesinadas y torturadas, niños y niñas fueron secuestrados, y son aún hoy usados como soldados o esclavas sexuales. Tras sobrevivir a más de una semana de asedio, fueron liberadas por las Unidades de Protección Popular kurdas (PKK/YPG/YPJ) y ayudadas a escapar hacia diferentes campos de refugiados en el Kurdistán turco. En los campos de Diyarbakir y Batman permanecían, dos años después, más de 1.600 refugiados y refugiadas. Se trata de campos no gubernamentales, mantenidos principalmente gracias a la solidaridad del pueblo kurdo con el apoyo de los gobiernos locales.

Durante el verano de 2016, dos años después del genocidio, conviví con ellos y ellas durante dos meses. Con unas pobres condiciones de vida, pero con las necesidades básicas cubiertas (comida, electricidad, agua, asistencia médica básica…), la primera impresión al llegar al campo es la de una vida rutinaria y tranquila. Con el paso de las semanas, algunas familias me acogen como a un miembro más con la hospitalidad característica del pueblo kurdo, compartiendo conmigo todo lo que tienen: comidas, juegos, y cientos de historias. Escucho historias que hablan de lucha, de impotencia, de rabia y desesperación, de arte y creatividad, de amor, de construcción y de destrucción, de sueños, y de cambios.

Allí conocí a Saeed, un químico que decidió montar la peluquería del campo para mantenerse activo; a Rezgan, que fabricó un instrumento musical para poder volver a tocar sus canciones; a Alí, que emprendió un peligroso viaje hacia Alemania y una vez allí decidió regresar al campo para estar con su familia; a Abbas, un adolescente que escribe a diario poemas sobre el genocidio, y también sobre el amor; a Hmoud y Jamal, que dan clases de inglés a niños que llevan dos años sin escuela; o a Sahira, que cuando tiene saldo en su móvil, estudia alemán por internet por si acaso algún día consiguiera llegar a Alemania. Me impresiona especialmente Nejat, una adolescente de 20 años que canaliza a través de sus dibujos los horrores que vio en el genocidio.

Encontramos en ellos la certeza de que en cualquier momento su situación puede cambiar. Quizás les lleven a otro campo, o les incluyan en los cupos de acogida que Australia y Canadá prometen. También es posible que consigan llegar a Alemania por medio de algún familiar que está allí, o que se vean obligados a regresar a Irak, donde no se pueden sentir seguros. De una forma u otra su vida volverá a cambiar en cualquier momento, pero no saben cuándo ni en qué sentido. El verdadero drama de sus vidas es la incertidumbre. Casi tres años de vidas congeladas, a merced de decisiones políticas que tomarán desde lejanos despachos personas que nunca les han mirado cara a cara.

Días antes del 3 de agosto, segundo aniversario del genocidio, el campo se vuelca en preparar actos de recuerdo, conscientes de que es el único día en que pueden hacer oír su voz a través de los medios de comunicación que llegarán al campo. Preparan discursos, pancartas y pintan camisetas para lanzar un grito de auxilio, y repetir que tan sólo piden una vida digna en un lugar seguro. Cuando llega el 3 de agosto sólo unos pocos medios locales y algunos políticos se dejan ver en el campo. Al día siguiente vuelven a la misma vida rutinaria sabiendo que nada cambiará, y llenos de rabia por la indiferencia de la cual son objeto.

El yazidismo es considerado como la religión más antigua de Oriente Medio. La población yazidí no llega al millón de fieles distribuidos entre Irak, Siria, Armenia, Turquía, Georgia e Irán. La región de Sinyar, en el Kurdistán Iraquí, tiene, con 300.000 habitantes, la mayor concentración demográfica de este credo.

La versión actual del yazidismo arranca a finales del siglo XII, cuando un misionero musulmán, Adi Musafir, se asentó en el valle de Lalesh, al suroeste de la ciudad de Duhok. Musafir llegaba precisamente para islamizar a estos infieles, practicantes de una extraña simbiosis del judeo-cristianismo con las enseñanzas de Zaratustra. Al llegar Musafir a Lalesh, los yazidíes no se enfrentaron al islam. Asumieron algunos de sus elementos para que la nueva religión dominante tolerara su existencia, pero conservaron sus fundamentos originales: divinidad solar, adoración del fuego, eterna dualidad entre el bien y el mal, constante superación de las personas incluso tras la muerte, la posible reencarnación en este proceso superador y una suerte de panteísmo naturalista que refuerza sus sentimientos comunitarios. Adi Musafir fue convertido por los yazidíes que, a su muerte, lo enterraron en Lalesh y al que veneraron como un nuevo refundador.

Los integristas suníes han intentado desvincularles de las “religiones del libro” (judaísmo, cristianismo y mazdeísmo) y, por lo tanto, de su reconocimiento como creencias a respetar por los musulmanes, acusando a los yazidíes de “adorar al diablo”. Esta acusación está motivada en que niegan, en consonancia con su influencia zoroastriana, la existencia del infierno ya que para que una persona pueda tener una permanente regeneración moral, no puede existir una condena definitiva de sus actos. El yazidismo justificó este hecho contrario a las doctrinas judeo-cristianas y musulmanas asegurando que Lucifer, el ángel que se rebeló contra Dios, se arrepintió y tales fueron sus lágrimas que las llamas del Infierno quedaron extinguidas.

Precisamente bajo la excusa de ser “adoradores del diablo”, los yazidíes han sufrido a lo largo de la historia hasta 74 genocidios bajo dominio del islam, siendo el último el que comenzó el 3 de agosto de 2014, a manos del Estado Islámico.

Las tiendas de campaña de estos campos tienen unas dimensiones de 3×4 metros. En cada tienda viven y duermen una media de 7 personas (generalmente una familia entera) sobre colchonetas finas en el suelo. Generalmente tienen un ventilador, un radiador (ambos imprescindibles por las temperaturas extremas de la región), una vieja televisión, la ropa de toda la familia, un hornillo eléctrico, y los utensilios de cocina. Poco más. Muy pocas personas tuvieron tiempo de salvar algún objeto personal en la huida (las pocas que lo hicieron generalmente consiguieron rescatar alguna foto importante o el álbum de fotos familiar, que guardan como un tesoro). Todas sus memorias quedan reflejadas solamente en estos álbumes y en las fotografías que guardan sus teléfonos móviles. En el campo, cada familia debe comenzar de cero, en estos 12 metros cuadrados, idénticos para todas ellas. Poco importa lo mucho o lo poco que tuvieran antes del 3 de agosto de 2014.

 

Nejat Haje, una adolescente de 20 años, se empezó a interesar por el dibujo poco antes de tener que huir de Sinyar. Ahora dibuja a diario en su libreta. En sus dibujos canaliza toda su rabia e impotencia por el sufrimiento del pueblo yazidí, y nos cuenta las atrocidades que vio y escuchó durante el genocidio.

Sus dibujos reflejan hechos como la venta de mujeres como esposas para miembros del Estado Islámico por precios entorno a los 1.000 dólares; cómo diecinueve mujeres fueron encerradas en una jaula y quemadas vivas por resistirse a ser tomadas como esclavas sexuales; o cómo el Estado Islámico obligó a una madre a comerse a su propio hijo de tres años.

 

Sus teléfonos móviles son lo único que les conecta con lo que hay más allá de los límites del campo. Con ellos, y generalmente a través de los diferentes servicios que ofrece Facebook, hablan con familiares y amistades. Muchas personas están atrapadas en campos de refugiados del Kurdistán Iraquí, donde sobreviven en peores condiciones que el resto. Otras están en Alemania, bien porque consiguieron llegar sorteando las fronteras o bien porque han entrado en los reducidos cupos de personas refugiadas admitidas recientemente. Canadá también ha empezado a acoger a unas pocas familias recientemente.

También por Facebook expresan todo el dolor del genocidio y de casi tres años de vidas detenidas en el campo, como intentando lanzar un grito al mundo, sin perder la esperanza de que algún día alguien les escuche. Pero también comparten todo tipo de noticias, se felicitan por sus cumpleaños, o celebran la victoria de su equipo de fútbol, mientras suben su último selfie para cambiar su foto de perfil.

Este montaje, realizado a partir de capturas de pantalla de sus muros de Facebook, nos muestra cómo se expresan a través de las redes sociales.

 

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